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El centro no se ha ganado el derecho a gobernar

He ahí el problema del centro de hoy. No aprendió nada. Lleva todo este siglo mirando mariposas. Tomemos como ejemplo esta elección. Llegamos fragmentados, sin acuerdo, sin generosidad, sin capacidad de subordinar el ego al proyecto colectivo.

hace 7 horas
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  • El centro no se ha ganado el derecho a gobernar

Por Diego Santos - @diegoasantos

La historia, a la larga, y en su mayoría de veces, siempre es generosa con todos. A los derrotados les ha dado la revancha. Les ha dado, con paciencia, una segunda oportunidad. Pero la historia también es muy exigente, y eso lo debe saber el llamado centro político. La historia no recompensa sino se aprende, si no se reinventa, sino se entiende por qué perdió.

Y he ahí el problema del centro de hoy. No aprendió nada. Lleva todo este siglo mirando mariposas. Tomemos como ejemplo esta elección. Llegamos fragmentados, con múltiples candidatos compitiendo por el mismo voto, sin acuerdo, sin generosidad, sin la más mínima capacidad de subordinar el ego al proyecto colectivo. Cada uno convencido de que era el ungido. Cada uno con su encuesta propia, su narrativa propia, su círculo de aduladores propio. El resultado fue predecible para cualquiera que quisiera verlo: nos pulverizaron. No perdimos ante unos adversarios superiores. Nos derrotamos solos.

Pero el problema no es solo táctico. Es más profundo y más vergonzoso.

El centro colombiano lleva décadas siendo el invitado a la fiesta disfrazado de moderación. La corrupción que denuncia en la izquierda la toleró durante años cuando era la suya. El clientelismo que critica en los extremos lo practicó con entusiasmo cuando tuvo el poder. Las instituciones que hoy defiende con elocuencia las debilitó con indolencia cuando no le convenía defenderlas. El centro no perdió porque las redes sociales amplifican los extremos, aunque eso también es verdad. Perdió porque una parte importante del electorado lo miró a los ojos y no le creyó. Y tenían razones.

La historia muestra que el centro regresa cuando el extremo falla. Alemania reconstruyó su democracia sobre las ruinas del nazismo. España encontró su Transición sobre el agotamiento del franquismo y el miedo compartido al abismo. Colombia misma firmó el Frente Nacional cuando La Violencia dejó 300.000 muertos y ya nadie quería más. En todos esos casos, el centro que regresó no era el mismo que había caído. Era otro. Más humilde, más concreto, más consciente de sus propios límites.

Ese es el centro que Colombia necesita y que todavía no existe. El que existe hoy es el de siempre: bien vestido, bien hablado, con muy buenas intenciones y una capacidad asombrosa para perder; el que se alegra y cree haber tenido una victoria con un millón o 250 mil votos; el que sabe diagnosticar todos los problemas del país pero no ha encontrado la manera de conectar con la mitad de Colombia que vive de la informalidad, que no confía en ningún político, que votó por Petro no porque amara el proyecto sino porque odiaba lo anterior, y que ahora está evaluando si Cepeda o Abelardo le resuelven algo concreto antes del próximo recibo de servicios públicos.

Mientras el centro no tenga una respuesta honesta para esa persona —no un discurso, una respuesta— no merece volver. Y la historia, que es generosa pero no es tonta, se lo va a cobrar.

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