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Por Cristian Halaby Fernández - opinion@elcolombiano.com.co

El presidente que no fue presidente

Se va un grande. Se va el hombre que entendía que el desarrollo no es un discurso, sino una obra terminada a tiempo.

hace 38 minutos
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  • El presidente que no fue presidente

Por Cristian Halaby Fernández - opinion@elcolombiano.com.co

La historia política de las naciones suele escribirse a través de sus mandatarios, pero se comprende de verdad a través de sus figuras imprescindibles. Germán Vargas Lleras fue, sin duda, el ejecutivo más formidable que ha tenido Colombia en el siglo XXI; un hombre cuya hoja de vida no era un simple listado de cargos, sino un inventario de realidades tangibles. Su partida nos deja ante la paradoja del “presidente que no fue”, aquel que pasó décadas preparándose para un destino que el país, por esas extrañas carambolas del temperamento y el azar, decidió negarle.

Una vida para el Estado

Vargas Lleras no llegó a la política por accidente. Heredero de una tradición de servicio, entendió desde muy joven que el poder no era un fin en sí mismo, sino una herramienta de transformación. Su paso por el Senado no fue el de un legislador de escritorio; fue un líder de opinión que supo navegar las turbulentas aguas del final de los años 80 y los 90.

Su visión era una síntesis audaz: conservaba ese liberalismo progresista que buscaba modernizar las instituciones, pero lo mezclaba con una eficiencia que hoy llamaríamos libertaria, centrada en un Estado pequeño pero musculoso, capaz de ejecutar y no solo de prometer.

El ejecutor de lo imposible

Si hoy Colombia puede hablar de una revolución en infraestructura, es por la obsesión de Vargas Lleras. Bajo su liderazgo, el país vio nacer las 4G, proyectos que sacaron al transporte nacional del siglo XIX para proyectarlo al futuro. Aunque hoy algunas languidezcan por falta de voluntad política posterior, su existencia es testimonio de una capacidad ejecutiva sin precedentes.

Lo mismo ocurrió con el sueño de la vivienda propia. Programas como “Mi Casa Ya” no fueron simples consignas de campaña; fueron ladrillos, cemento y dignidad para miles de familias. Germán no solo sabía qué necesitaba el país; sabía cómo comprarlo, cómo construirlo y cómo entregarlo. Tenía el mapa de Colombia en la cabeza y el cronómetro de las obras en la mano.

El costo de un gesto frente al peso de la historia

Resulta una ironía trágica que, en una nación donde a menudo se indultan grandes desfalcos o violencias sistemáticas, el destino de una presidencia se sellara por un “coscorrón”. Ese exceso de carácter, ese temperamento volcánico que lo hacía un ejecutor implacable, fue su mayor virtud y, a la vez, su talón de Aquiles ante una opinión pública que suele priorizar las formas sobre el fondo.

En Colombia, los pequeños gestos cobran facturas impagables, mientras que los grandes infortunios y los errores de fondo a veces se diluyen en la memoria. Se le cobró el rigor, se le cobró la impaciencia con la mediocridad y se le cobró, en última instancia, ser un hombre que prefería los resultados a las sonrisas de etiqueta.

Un destino distinto

Es inevitable preguntarse qué Colombia tendríamos hoy bajo su mando. Seguramente una más ordenada, más conectada y con una gestión pública menos burocrática. Germán Vargas Lleras fue el líder que no necesitó la banda para ejercer autoridad, pero cuya ausencia en el solio de Bolívar deja un vacío de visión técnica que tardaremos años en llenar.

Se va un grande. Se va el hombre que entendía que el desarrollo no es un discurso, sino una obra terminada a tiempo. Colombia pierde al presidente que no fue, pero gana una leyenda de lo que significa la verdadera extrema coherencia en el servicio público.

Mi admiración y agradecimiento... Germán sabe por qué.

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Por Cristian Halaby Fernández - opinion@elcolombiano.com.co

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