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Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

Ingeniería de lo inmediato

Lo que compremos no solo debe estar listo y terminado. Hoy es un mandato que, si está lejos y distante, debe llegar rápido. La velocidad es tanto una promesa que se nos propone, como un valor que se nos brinda.

hace 3 horas
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  • Ingeniería de lo inmediato

Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

Más que levadura y harina o más que agua y sal, me dijo alguna vez un panadero, son las sillas y el tiempo los ingredientes esenciales de un buen pan. La silla para sentarse y el tiempo para esperar. Conforme se lo ha indicado su experiencia, la paciencia es uno de los ingredientes elementales de la receta y, para hacer pan, no hay otro camino salvo aquel en el que, por necesidad, se debe aguardar. La levadura, sin afanes ni premuras, se toma el tiempo requerido para fermentar el pan, para hacer crecer la masa, para moldear su sabor.

Asistimos hoy al ocaso de una de las cualidades que forjaban nuestra serenidad. La virtud que nos reconcilió con la espera y que forjó nuestra paciencia ha devenido en una cualidad innecesaria bajo la promesa de inmediatez con la que nos sedujo el mercado. En el universo de la mercancía, todos los objetivos apuntan a un mismo horizonte: ofrecer productos listos y dispuestos para su uso. El camino que une el producto y su consumo se ha acortado notablemente y, conforme se simplifica el proceso, se anulan las esperas. Todo se ha hecho inmediato. O se ha pretendido hacerlo.

Basados en la advertencia del panadero sobre la necesidad del tiempo y, por ende, de la paciencia, este fenómeno es particularmente notorio con la comida y con su preparación. Delineada por la inmediatez y la fugacidad, nuestra relación con la alimentación se establece, en la mayoría de los casos, sobre productos terminados: las mermeladas, los frijoles, el atún, el jamón, el yogurt, las papas. La lista no es solo interminable, sino variada: los champiñones, los jugos, las tortas. Utilizando múltiples caminos para su presentación final y sirviéndose de las ingentes posibilidades para presentar todo acabado, entre estos productos y su consumo hay solo un paso, corto, insignificante y, en algunas ocasiones, placentero: destaparlos.

No solo ocurre con la alimentación. Esta pretensión ha trastocado el orden del espacio y del tiempo para casi cualquier cosa que consumimos. Ha acortado las distancias y ha anulado las esperas. Ante la necesidad inmediata de adquirir, consumir y desechar, se ha ajustado la promesa de hacer entregas en minutos. La distancia, como problema, debe estrecharse. Las esperas, como inconveniente, deben suprimirse. Ante los antojos, la inmediatez. Ante los deseos, la celeridad. Lo que compremos no solo debe estar listo y terminado. Hoy es un mandato que, si está lejos y distante, debe llegar rápido. La velocidad es tanto una promesa que se nos propone, como un valor que se nos brinda.

Que mucho de lo que consumimos esté cerca y terminado, trae consigo innegables ventajas: ganamos tiempo y reducimos esfuerzos. No obstante, hay tras esta ingeniería de lo inmediato algo que se disipa y enormes sacrificios que se pierden. Entre otras cosas, la comodidad de no tener que hacer nos ha despojado del encanto de preparar y, con ello, de descubrir, entre otras cosas, el placer de amasar y de ver crecer la masa.

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