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¿Fe o ideología?

El peligro aparece cuando el Evangelio deja de interpelar a la política y, por el contrario, comienza a ser utilizado para legitimarla.

hace 4 horas
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  • ¿Fe o ideología?
  • ¿Fe o ideología?

Por Aldo Civico - @acivico

Dostoievski presenta al Gran Inquisidor como un viejo cardenal de noventa años, con un rostro demacrado y ojos hundidos. Tras presenciar un milagro de Jesús, ordena su captura y lo encarcela en el palacio del Santo Oficio, mientras la multitud observa en silencio. En prisión, interroga a Cristo: “¿Por qué viniste a molestarnos?”. La libertad prometida por el evangelio, que se opone al poder y la coerción, incomoda al Inquisidor, quien busca corregir a su prisionero. En la alegoría de Dostoievski, el cardenal encarna la autoridad institucional, el dogma y la ideología, sustituyendo la libertad por el dominio y el poder. Su rechazo a Cristo se traduce en una promoción del poder mundano, convirtiéndose en un Gran Usurpador que mantiene la estructura religiosa pero la despoja de su lógica evangélica.

A través de la alegoría del Gran Inquisidor, Dostoievski nos brinda una clave para entender un fenómeno político en auge: la reducción del cristianismo a ideología. Ejemplos de esta tendencia pueden encontrarse en el nacionalismo cristiano en Estados Unidos, en la doctrina del Russkiy Mir promovida por sectores de la Iglesia ortodoxa rusa y en ciertas formas de instrumentalización político-partidista del cristianismo en América Latina. El peligro aparece cuando el Evangelio deja de interpelar a la política y, por el contrario, comienza a ser utilizado para legitimarla. Joseph Ratzinger lo formuló con particular lucidez: “La teologización de la política se convertiría en ideologización de la fe”. Años después, el papa Francisco reiteró la misma advertencia: “En las ideologías no está Jesús”. Y añadió: “Cuando un cristiano se vuelve discípulo de la ideología, ha perdido la fe”. Entender estas admoniciones implica reconocer que la fe cristiana se basa en la encarnación en una realidad específica, mientras que la ideología, cuando se absolutiza, procede en sentido contrario, sometiendo a la persona a una categoría previa; amigo o enemigo, nosotros o ellos. Finalmente es una abstracción que divide. El cristianismo es necesariamente testimonio mientras que la ideología es conquista.

Con eso no quiero decir que las personas de fe tengan que mantenerse alejadas de la política ni que no puedan ser miembros activos de un partido. Todo lo contrario. La diferencia radica en la relación que se establece entre fe y poder. De hecho, hay ejemplos luminosos. Pienso en Lech Wałęsa en Polonia. O en Robert Schuman, Alcide De Gasperi y Konrad Adenauer en la posguerra europea. En lugar de querer ganar la batalla cultural contra su adversario, hicieron de la reconciliación el principio fundante de una Europa unida. Quizás no fue por casualidad que antes de firmar el Tratado de París en 1951, los tres se retiraran a un monasterio benedictino para meditar. En virtud de sus raíces cristianas, el enemigo histórico dejó de ser una categoría política y se convirtió en un interlocutor. Creo que políticos inspirados por su fe aportan de manera fundamental a la transformación de la sociedad. A condición de que su acción política nazca de una vida interior, en lugar de utilizar la religión como instrumento de legitimación exterior.

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