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¿Es esto realmente quienes somos y deseamos seguir siendo?

hace 4 horas
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Por Aldo Civico - @acivico

Durante un periodo electoral, se hacen más evidentes los patrones que condicionan la vida social de un país. Estas son formas de ser, creencias y percepciones que residen en lo más profundo de la conciencia colectiva. Se reflejan en nuestro carácter, acento, maneras de comunicarnos y comportamientos. Es la estructura oculta que finalmente da forma a la vida social en la que estamos inmersos y que, de manera inconsciente, perpetuamos. Reconocer estos patrones es como mirarnos en un espejo y cuestionarnos: ¿Es esto realmente quienes somos y deseamos seguir siendo? ¿Es este el mundo que anhelamos crear y al que queremos pertenecer? Creo que solo un acto genuino de autoconocimiento nos permite comprender quiénes somos como sociedad, así como individuos, y nos abre la puerta al cambio si así lo decidimos. Para lograrlo, necesitamos distanciarnos de la realidad en la que vivimos, desconectarnos del ruido cotidiano y hacer una pausa. Requerimos un momento de distanciamiento y silencio. A mí me gusta llamarlo un momento de desierto.

Así, al observar nuestra realidad desde una distancia que proporciona mayor claridad y lucidez, reconozco un patrón que afecta a nuestras sociedades. No solo en Colombia, sino también, en términos generales, en el mundo occidental. Este patrón es la sobreidentificación con nuestra comunidad de pertenencia, ya sea de índole ideológica, política, religiosa, étnica, social o económica. Cuando esto ocurre, nuestras identidades se tornan rígidas, encerradas. Se manifiestan formas de autismo social, en las que solo deseamos relacionarnos, comunicarnos y crear vínculos con aquellos que percibimos como una réplica de nosotros mismos. Nos resulta difícil tolerar cualquier diferencia. Nos volvemos conflictivos y la relación con la diversidad se transforma en una lucha, una guerra por la supervivencia, percibiéndola como una confrontación existencial. La mera presencia del otro se siente como una amenaza. Por tanto, nos desconectamos del otro porque no soportamos la alteridad. El filósofo Byung-Chul Han habla de la desaparición del otro. No se trata de una desaparición física, sino de nuestra incapacidad, de falta de deseo y de voluntad para relacionarnos con lo diferente. Anteriormente, la presencia del otro generaba una resistencia que era fuente de creatividad, transformación y pensamiento; hoy, preferimos y elegimos lo similar, lo accesible, lo transparente. Como resultado, nos hacemos más frágiles, temerosos y aislados. Optamos por vivir en burbujas que nos separan, distancian y desconectan del otro. Nos entregamos a algoritmos que solo nos muestran lo que ya nos agrada. Abandonamos el descubrimiento, la curiosidad y la exploración. Nos volvemos cada vez más fundamentalistas, intransigentes, practicando el monólogo en lugar del diálogo. Así, nos convertimos en seres más inseguros, más frágiles y ontológicamente más empobrecidos.

Sin embargo, el encuentro con el otro es fundamental si queremos seguir siendo humanos. La presencia del otro nos saca de nosotros mismos, rompe nuestros narcisismos y nos coloca en una posición de responsabilidad. Por ello, Kapuściński recomendaba viajar, no como turistas, sino como aprendices. Para aprender a escuchar antes de interpretar, aceptar la incomodidad cultural y renunciar a nuestra percepción de superioridad. Porque sin el otro, no hay posibilidad de humanidad.

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