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Convergencias paralelas

Uribe es pragmático, entiende los equilibrios del poder, es atrevido y puede coincidir con su adversario cuando hay un interés concreto.

hace 2 horas
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Por Aldo Civico - @acivico

Las alianzas formadas desde la elección de Abelardo de la Espriella están causando desconcierto en varios sectores de la política colombiana. Primero fue la elección del presidente del Senado. Después, la del contralor. Esta semana, el permiso para que Gustavo Petro pueda salir del país. En diferentes momentos, el Centro Democrático y el Pacto Histórico, que hasta hace poco eran enemigos irreconciliables, terminaron votando juntos. Si ocurre una vez, puede ser casualidad. Pero si sucede varias veces, empieza a mostrar un patrón.

Ese asombro generalizado no me extraña. En Colombia, el poder siempre se ha construido sobre la demonización del otro. Cuando alguien percibe al adversario como una amenaza existencial, hablar con él se interpreta como una traición. Yo, en realidad, veo este fenómeno sin tanto enojo. Quizás esto se deba a que me crié en Italia, donde rige un sistema parlamentario y en una época en la que surgió ese experimento político llamado las “convergencias paralelas”. La frase es una paradoja. Dos rectas paralelas, por definición, nunca se cruzan. En política, quería decir otra cosa. Fuerzas con identidades y planes opuestos podían unirse en torno a metas concretas y seguir siendo rivales. Aldo Moro, uno de los grandes líderes de la Democracia Cristiana, vio que la democracia italiana tenía que abrirse. Primero hacia los socialistas. Más tarde, hacia un Partido Comunista que representaba a un tercio de los italianos, pero que, en plena Guerra Fría, seguía fuera del gobierno. Enrico Berlinguer, líder comunista, llegó desde el otro lado a una idea similar. La llamó “compromesso storico”, es decir, un acuerdo histórico. Las grandes culturas políticas italianas tenían que encontrar alguna forma de compartir la responsabilidad del país. Por su parte, Giulio Andreotti, quien fue siete veces jefe de gobierno en la posguerra, fue distinto. Moro pensaba en cambiar el sistema; las convergencias debían servir para ampliar la democracia y no solo para administrar el poder, que era el objetivo de Andreotti, quien en 1976 presidió un gobierno democristiano que se mantuvo en pie gracias a la abstención de los comunistas. Dos años después, el Partido Comunista llegó a votar la confianza en su gobierno sin recibir ni un solo ministerio.

Si tuviera que buscar una semejanza con la Colombia actual, diría que Álvaro Uribe parece, por ahora, más Andreotti que Moro. Es pragmático, entiende los equilibrios del poder, es atrevido y puede coincidir con su adversario cuando hay un interés concreto. Ahora bien, la pregunta que me plantean las extrañas triangulaciones colombianas es la siguiente: ¿Son solo movimientos tácticos para contener el poder (en este caso, el del gobierno del presidente de la Espriella)? ¿O podrían convertirse en pequeños experimentos para cambiar la relación con el adversario? Preguntaría, además, algo que todavía no logro ver. Es decir, un propósito más amplio que justifique la convergencia más allá del tacticismo a corto plazo. Coincidir en contra de alguien es fácil. Lo que realmente cambiaría las cosas sería descubrir en qué se puede estar de acuerdo a favor de Colombia.

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