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Conectados a todos, presentes con nadie

hace 51 minutos
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  • Conectados a todos, presentes con nadie
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Por Aldo Civico - @acivico

Hace unos días, volví a ver una famosa fotografía de Stephen Harmon: una fila de cabinas telefónicas en la esquina de la 42 con la Quinta, en Nueva York, todas en uso. Me recordó a mi infancia: yo esperando frente a un teléfono público en el conservatorio donde estudiaba música, ansioso por llamar a una emisora de radio. Tenía alrededor de ocho o nueve años. En aquellos tiempos, comunicarse con el otro requería esfuerzo. Recuerdo a mi madre llamando a mi abuela en Austria a través de un operador. La espera era inevitable. Esa espera otorgaba peso a la voz que llegaba del otro lado, generando una alegría especial. Hoy, aprieto un botón y un mensaje se envía a cientos de personas en cuestión de segundos. Pero ¿es eso realmente una conexión? ¿Hay un encuentro genuino?

Hay una paradoja en el núcleo de la vida social contemporánea que rara vez se nombra con claridad. No se trata de la soledad, que es tan antigua como la humanidad. Es algo más específico: la soledad que crece junto a la conexión, que se alimenta de ella. En Estados Unidos, el 61 % de los adultos afirma sentirse crónicamente solo. Japón y el Reino Unido incluso cuentan con ministerios de la soledad. Sin embargo, el número de “conexiones” digitales por persona sigue en aumento.

Zygmunt Bauman lo denominó el paso de las relaciones a las conexiones. Las relaciones implican riesgo, tiempo y la posibilidad de que el otro te decepcione o cambie. Las conexiones se activan y desactivan. Se archivan. Byung-Chul Han describe este proceso como la expulsión del Otro: hemos creado entornos que eliminan sistemáticamente la resistencia del otro. Los algoritmos nos muestran personas similares a nosotros. Los filtros nos devuelven un mundo que ya conocemos. El resultado es una relación sin fricción, y por ende, sin contacto real. Como un apretón de manos a través de un guante.

Me reconozco en esto. Me cuesta hacer una llamada telefónica. Me cuesta aún más responder cuando alguien llama sin haberlo acordado previamente. Y, sin embargo, sé, como señala la psicóloga Sherry Turkle, que esta preferencia no es inocente: evitar la complejidad emocional del encuentro cara a cara no nos hace más eficientes, sino más frágiles. Los monjes del desierto egipcio tenían un término para algo similar: acedia. No era pereza ni depresión. Era la incapacidad de estar presente donde uno se encontraba. El remedio que proponían era radical en su simplicidad: permanece en la celda. No huyas. Aprende a soportar el presente sin tratar de gestionarlo.

La soledad masiva no es el resultado de un fracaso en la conexión. Es su efecto colateral: el precio invisible de un sistema optimizado para la comodidad del contacto, pero indiferente a la calidad del encuentro. Y la pregunta más incómoda quizás sea esta: ¿hay alguien en tu vida con quien hayas dejado de esforzarte, no porque la relación se haya vuelto más fácil, sino porque dejaste de querer hacerlo?

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