La gira amistosa de la Selección Colombia dejó varias conclusiones, pero una de las más evidentes fue el difícil momento de James Rodríguez. El volante, histórico referente del combinado nacional, terminó siendo el gran sacrificado en los duelos ante Croacia y Francia, donde quedó en evidencia que aún está lejos de su mejor versión.
Si bien es cierto que James necesita minutos para recuperar ritmo competitivo, estos partidos no parecían el escenario adecuado. Frente a rivales de alta exigencia, su rendimiento estuvo muy por debajo de lo habitual, mostrando falta de intensidad, precisión y continuidad en el juego. Más que ayudarle a retomar confianza, estos encuentros terminaron exponiendo su actualidad futbolística.
La realidad indica que ese ritmo debe adquirirlo en su club, el Minnesota United, dentro de la MLS, donde puede sumar minutos sin la presión que implica representar a la Selección en partidos de élite. Forzarlo en este contexto no solo afecta su rendimiento individual, sino también el funcionamiento colectivo del equipo.
Incluso, un detalle no menor fue que, tras su salida en ambos partidos, Colombia mostró una leve mejoría en dinámica y fluidez, lo que refuerza la idea de que hoy su presencia no está potenciando al equipo. Esto abre un debate inevitable sobre su lugar en el proceso liderado por Néstor Lorenzo.
Nadie discute el legado de James ni lo que ha significado para el fútbol colombiano. Su talento y sus logros lo ubican como uno de los mejores jugadores en la historia del país. Sin embargo, el presente exige decisiones basadas en el rendimiento actual y no en la trayectoria.
Pensar en llevarlo al Mundial con el nivel mostrado sería, más que una apuesta, un riesgo innecesario. Y en caso de que Lorenzo considere que su liderazgo es clave dentro del grupo, su inclusión debería responder a ese rol y no al de titular indiscutido. Porque, en el contexto actual, ponerlo desde el inicio no solo sería debatible, sino también injusto con compañeros que atraviesan un mejor momento futbolístico.