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A 100 años de La marquesa de Yolombó: un viaje al origen de la obra cumbre de Tomás Carrasquilla

Hace 100 años, el autor colombiano publicó de forma secuencial la novela en la prensa local. Hallazgos documentales aclaran la historia de los personajes de la ficción.

  • Durante todo este año, Yolombó celebrará a Bárbara Caballero, el personaje más importante de su historia. En la foto aparece la actriz Isabel García. Foto: Manuel Saldarriaga.
    Durante todo este año, Yolombó celebrará a Bárbara Caballero, el personaje más importante de su historia. En la foto aparece la actriz Isabel García. Foto: Manuel Saldarriaga.
  • El manuscrito de Carrasquilla es la fuente de la edición crítica en la que trabaja un grupo de profesores de la Udea. El texto está en Santo Domingo, Antioquia. Foto: Manuel Saldarriaga
    El manuscrito de Carrasquilla es la fuente de la edición crítica en la que trabaja un grupo de profesores de la Udea. El texto está en Santo Domingo, Antioquia. Foto: Manuel Saldarriaga
  • Francisco Gómez y Carlos Vanegas revisan los archivos parroquiales de Yolombó, en los que aparecen algunos personajes de la ficción. Foto>: Manuel Saldarriaga.
    Francisco Gómez y Carlos Vanegas revisan los archivos parroquiales de Yolombó, en los que aparecen algunos personajes de la ficción. Foto>: Manuel Saldarriaga.
hace 2 horas
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Entre junio de 1926 y febrero de 1927, Tomás Carrasquilla publicó por partes La marquesa de Yolombó en el periódico Colombia, diario de la tarde. A la sazón, Carrasquilla tenía 70 años, era solterón, vivía en la casa de su hermana Isabel y había publicado Frutos de mi tierra, Simón el Mago, San Antoñito y otras obras que lo convirtieron en una celebridad literaria en Antioquia y Colombia.

De alguna manera, la historia de Bárbara Caballero lo había acompañado desde niño, cuando escuchaba los relatos de sus ancestros de labios de los ancianos de su familia, en la casa de Santo Domingo.

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Precisamente en esa casa, a pocos metros del parque principal, hay ahora un museo dedicado a la memoria del autor, que abre sus puertas de lunes a viernes desde las 9:30a.m. hasta las 5:00p.m. La tarde en la que lo visité, un grupo de mujeres bordaba en el patio, entre risas e historias de vecindario. Allí fui a ver el manuscrito original, donado a la entidad cultural por la Gobernación de Antioquia, que se los compró a herederos de Pepe Mejía, el familiar a quien Carrasquilla le dedicó la ficción.

Se trata de un cuaderno grande, con renglones azulados. En las primeras páginas, la letra de Carrasquilla es segura, hay pocas enmendaduras. A medida que transcurren la historia y las cuartillas, el número de anotaciones aumenta, al punto de tachar oraciones y párrafos.

Ese libro es la semilla de la edición crítico-genética que un grupo de profesores de la Universidad de Antioquia lleva varios años preparando, con la intención de entregarla al público en el centenario de la primera edición de la historia en el formato de libro (1928). Resumiendo mucho, las ediciones críticas acercan al lector a la obra original. Para hacerlo, eliminan las alteraciones que hay entre una edición y otra del libro y tienen notas que explican la mentalidad y el lenguaje de la época de escritura.

“Hay una distancia temporal significativa entre la novela y los lectores actuales. Hay palabras que han caído en desuso y que están presentes en sus obras. Hay formas de la oralidad que tomaron variaciones y hay otras formas que las nuevas generaciones que ya no reconocen. Sí creo que hay una barrera lingüística para leer la obra de Tomás Carrasquilla”, días antes me dijo Félix Gallego, profesor de la Universidad de Antioquia.

A veces conviene recordar que nuestro lenguaje no es el mismo de los abuelos ni será el mismo de los nietos por el simple hecho de que cada generación vive y construye un léxico particular.

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Volvamos al Museo de Santo Domingo. En una de sus paredes hay un aviso con la genealogía de Carrasquilla. Allí, el visitante se entera que el escritor fue descendiente de María de Luz Caballero, hermana de la marquesa. De esa forma, la ficción histórica se convierte en las memorias familiares de Carrasquilla. En una carta de 1937, Carrasquilla cuenta que su abuelo materno le encargó novelar “algo sobre Yolombó y su marquesa”.

La idea no fue fácil de llevar a la práctica, sobre todo por la falta de documentos. Al final, venciendo su “pereza ingénita”, Carrasqulla rebuscó “por aquí y por allá (...) libracos y viejos”.

Detengámonos un párrafo para pensar por qué un autor se documentó para escribir una ficción. En el público general existe la idea de que las novelas y los cuentos nacen casi en exclusiva de la imaginación de los autores. Esto no es del todo cierto. Para que las historias sean creíbles, deben parecerse a la realidad. No a la manera de un espejo, sino de una pintura. Si esto es así para nosotros, lo era más para la generación de Carrasquilla y las del siglo XIX y principios del XX. Tanto María, de Jorge Isaacs, y La vorágine, de Jose Eustasio Rivera, comienzan con “cartas” que crean la ilusión de veracidad.

En esa clave, Carrasquilla escribió la novela y sus coetáneos la leyeron. En la carta citada, Carrasquilla le dice a su interlocutor que está feliz de saber que no se ha enojado con él por la forma en que retrató a sus abuelos.

A renglón seguido habla de parientes que se molestaron porque no “sacó” a los abuelos “tomando té, hablando el francés y jugando el rosacruz”. Las tensiones de la novela con su entorno han cambiado con el paso de los almanaques. Hoy, La marquesa de Yolombó desmitifica ciertas ideas del pasado antioqueño, en particular aquella relacionadas con las razas.

“Hay que ser muy conscientes de nuestra realidad histórica, de nuestras circunstancias. Nuestra sociedad está construida sobre la diferencia. Carrasquilla muestra todos esos matices”, dijo el profesor Gallego.

En este caso en particular, se trata de la mixtura de tradiciones religiosas y culturales. El ejemplo más citado para explicar ese sincretismo es el diálogo que sostiene la marquesa con uno de sus esclavos respecto a los “ayudaos”.

Haciendo gala de una oratoria que haría enrojecer de la envidia a los políticos y a los sofistas, el esclavo le dice a Bárbara que los talismanes que invocan la ayuda del diablo en realidad hacen parte del plan de Dios para ajustarle las cuentas a este por “toítas las picardías qu’hizo en el cielo (...) hace mi Dios en una vía dos mandaos: castiga al diablo y le ayuda a los cristianos”.

Sigamos en el museo de Santo Domingo. En uno de los cuartos está la cama angosta de Carrasquilla. También pende su levantadora, que deja a la vista del visitante la altura y la corpulencia del autor. A un lado está un escapulario. Hay fotos de él con su hermana y sobrinos. Esta familia fue crucial para el autor. Aunque respetado por sus colegas, Carrasquilla no vivió de las ventas de sus libros. Estudiosos en su obra y biografía afirman que Claudino Arango, esposo de Isabel, ejerció una suerte de mecenazgo.

Más allá de estas especulaciones, lo cierto es que la relación más significativa de Carrasquilla fue con Isabel. Tal vez por eso, ahora, a la luz de los movimientos feministas, se le crítica al autor de La marquesa de Yolombó que fuera una sombra para su hermana.

En la vida de Carrasquilla, las mujeres tuvieron papeles protagónicos. De hecho, el profesor Gallego y Catherine Torres, la gestora de la colección del Museo Tomás Carrasquilla, contaron que Raúl Carrasquilla, papá de Tomás, desapareció pronto de la biografía del escritor. Eso explicaría la fuerza de los personajes femeninos en sus novelas. Verbigracia, Bárbara Caballero, que defiende con sentido común el derecho de las mujeres a leer y escribir. Y precisamente sería una mujer la que le diera un giro a la historia de la marquesa en los archivos parroquiales de Yolombó.

El manuscrito de Carrasquilla es la fuente de la edición crítica en la que trabaja un grupo de profesores de la Udea. El texto está en Santo Domingo, Antioquia. Foto: Manuel Saldarriaga
El manuscrito de Carrasquilla es la fuente de la edición crítica en la que trabaja un grupo de profesores de la Udea. El texto está en Santo Domingo, Antioquia. Foto: Manuel Saldarriaga

Más o menos en 2010, la investigadora Teresita Rivera Ceballos viajó a Yolombó, su pueblo natal, con el encargo de buscar en los archivos parroquiales una pista de Salomé Vieco. El párroco aceptó que revisara los sótanos de la iglesia siempre y cuando la acompañara Francisco Gómez Carmona, entonces un acólito y ahora secretario de gobierno de la administración municipal de ese pueblo del nordeste antioqueño.

Sentada en la sala del tercer piso del taller de Jorge Zapata (en el centro de Medellín), Teresita recordó el hallazgo de unos documentos forrados en piel de animal, que resultó ser el libro parroquial de defunciones entre 1779 a 1835.

Al abrirlo y tras pasar varias hojas, encontró las partidas de defunción de Pedro Caballero (padre de la marquesa), de Rosalía Alzate (madre) y de muchos de sus esclavos. Así, los personajes que ella conoció en la novela de Carrasquilla pasaron del terreno de la ficción al de la historia documental.

A partir de sus investigaciones, Teresita ha hecho un perfil de la familia de la marquesa. Se trató de un apellido con poder en el nordeste, propietario de minas y de esclavos. Eso se tradujo en que Pedro fue alcalde de Yolombó y mecenas de la parroquia.

Eso corrobora lo escrito por Carrasquilla, Sin embargo, ella también estableció que en lugar de un esposo (Fernando de Orellana, homónimo del conquistador español del siglo XVI), Bárbara tuvo dos maridos: Miguel Gutiérrez, también alcalde de Yolombó, y Joaquín Sánchez, a quien la marquesa le regaló una mina y esclavos por “ser buen esposo”.

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Estos datos le permiten intuir a Teresita que el final de la vida de la Bárbara Caballero de los documentos fue distinto al de la novela. Quizá no fue timada por Orellana ni se eclipsó de la forma en que le pasó al personaje de Carrasquilla.

A propósito del nexo entre Bárbara y Tomás, también se puede decir con certeza que no fueron personajes tan separados en el tiempo. Teresita encontró el registro de “el cabo de año” de Bárbara (la misa que se celebra en el primer aniversario del difunto). Muy probablemente ella murió en 1855, es decir apenas tres años antes del nacimiento del novelista.

A pesar de la revisión del archivo parroquial y de otros reservorios, de momento no se ha encontrado documento alguno sobre el marquesado de Bárbara Caballero. Al parecer, el título nobiliario no fue concedido por el monarca español sino por la tradición oral o por la imaginación de Carrasquilla.

Los documentos parroquiales de Yolombó son custodiados por el párroco municipal. Son estudiados por Carlos Andrés Vanegas, un muchacho que toca el órgano de la iglesia y hace talleres con estudiantes y curiosos para mostrarles esos trozos del pasado.

Francisco Gómez y Carlos Vanegas revisan los archivos parroquiales de Yolombó, en los que aparecen algunos personajes de la ficción. Foto>: Manuel Saldarriaga.
Francisco Gómez y Carlos Vanegas revisan los archivos parroquiales de Yolombó, en los que aparecen algunos personajes de la ficción. Foto>: Manuel Saldarriaga.

En 1940, Carrasquilla murió por complicaciones relacionadas con la gangrena.

En 1978, la televisión colombiana produjo y emitió la telenovela inspirada en el libro. Dirigida por Fabio Carnero y adaptada por Julio Jiménez, la telenovela tuvo 110 capítulos. En su centenario, el Museo Tomás Carrasquilla prepara con el Metro de Medellín la intervención de unos vagones del sistema de transporte para que lleven la firma del autor.

A fin de cuentas, a pesar del tiempo y de lo dicho al final de la novela, Bárbara Caballero no es una sombra muerta. Tampoco, Tomás Carrasquilla.

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