La embarcación “La Polvorosa” atracó en La Playa, un improvisado puerto al que se llega desde Tumaco después de una hora por un camino de polvo y piedras. En este pequeño inframundo al lado del río Mira, la vida se cuece en el sopor de la tarde con estruendosos corridos mexicanos salidos de un equipo de sonido que llega a la cintura, mientras que hombres negros, blancos y chilapos beben cerveza bajo casetas de techos de plástico y ríen estrepitosamente.
Es sábado, parece un día normal. El vaho caliente se mezcla con el aire festivo mientras las tiendas interinas ofrecen arroz, sal, camisas y hasta cangrejos de agua dulce que los indígenas venden en jaulas hechas con hojas de palma; pero el negocio próspero se cierra a unos cuantos pasos del bullicio: fajos de billetes atados con ligas de caucho van y vienen. Es día de pago. Emisarios de los carteles mexicanos que arribaron en “La Polvorosa” cancelan a los labriegos la coca sacada del Alto Mira y Frontera.