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La historia de Rodrigo Gaviria: de cazador y cirujano a fotógrafo de aves

Este paisa es uno de los fotógrafos de aves más reconocidos de Colombia. Tiene tres libros publicados sobre el tema.

  • Rodrigo, miembro de la Sociedad Antioqueña de Ornitología, es uno de los pajareros más importantes de Colombia. Tiene más de 30 años de experiencia en la fotografía de aves y tres libros publicados. FOTO Instagram r_gaviria.
    Rodrigo, miembro de la Sociedad Antioqueña de Ornitología, es uno de los pajareros más importantes de Colombia. Tiene más de 30 años de experiencia en la fotografía de aves y tres libros publicados. FOTO Instagram r_gaviria.
  • El Ramphocelus dimidiatus / Crimson-backed Tanager. Esta es una Tangara llamativa por el color rojo brillante en los machos y pico planeado. FOTO Instagram r_gaviria.
    El Ramphocelus dimidiatus / Crimson-backed Tanager. Esta es una Tangara llamativa por el color rojo brillante en los machos y pico planeado. FOTO Instagram r_gaviria.
  • Una tucaneta de la Amazonía, difícil de fotografiar. FOTO Instagram r_gaviria
    Una tucaneta de la Amazonía, difícil de fotografiar. FOTO Instagram r_gaviria
hace 51 minutos
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Dioses del sol para los mexicas. Nexos entre el mundo de los vivos y el de los espíritus para los emberá. Emisarios de buenos pensamientos para los mayas. En fin, los colibríes no son solo un espectáculo de ver, sino también en palabras de Rodrigo Gaviria Obregón, son “mensajeros de los dioses”.

Rodrigo, miembro de la Sociedad Antioqueña de Ornitología, es uno de los pajareros más importantes de Colombia. Tiene más de 30 años de experiencia en la fotografía de aves y tres libros publicados, entre ellos Aves silvestres de Colombia y Las aves más hermosas de Colombia. Sin embargo, ese no fue el camino de vida que él pensó que tendría. Recibió, por así decirlo, un mensaje divino y alado, y él decidió seguirlo.

Contacto con lo divino

Rodrigo es de Medellín. Creció en los límites con Envigado, “en esas casas fincas antiguas”, según cuenta. En las vacaciones de su infancia visitaba fincas de la zona del Bajo Cauca, en una época que él describe sin rodeos: “El contacto con la naturaleza era un contacto bastante agresivo, porque nosotros no teníamos ninguna educación ecológica”.

El Ramphocelus dimidiatus / Crimson-backed Tanager. Esta es una Tangara llamativa por el color rojo brillante en los machos y pico planeado. FOTO Instagram r_gaviria.
El Ramphocelus dimidiatus / Crimson-backed Tanager. Esta es una Tangara llamativa por el color rojo brillante en los machos y pico planeado. FOTO Instagram r_gaviria.

Allí lo entretenían con lo que llama “la fórmula típica de la época para lidiar con un niño inquieto”: primero le dieron una cauchera, después un rifle de balines, y finalmente una escopeta.

“Yo crecí en ese ambiente de cacería y me convertí en cazador hasta muy adelante. Ya casi de adulto, fui cazador”, afirma. Pero no era una cacería por necesidad, sino por placer.

“A mí me encantaba cuando mataba un animal. Hay que decirlo abiertamente: mataba porque me gustaba. Me gustaba disecarlo, miraba por dónde había entrado la bala, qué había hecho, cómo se había muerto”, dice.

Confiesa que de ahí surgió un interés que en principio no fue por la medicina sino por la anatomía, por entender el cuerpo desde adentro. Desde allí se interesó, más allá de la medicina, por la cirugía.

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Ese detalle curioso de infancia terminó siendo, sin que él lo supiera todavía, el origen de su vocación médica. Cuando terminó el bachillerato, estudió medicina en Medellín. “Yo desde que entré a medicina sabía que tenía que ser cirujano”, recuerda.

Fue el primer médico de la familia. Todos los demás le tenían pavor a la sangre. Su papá y sus hermanos se desmayaban con cualquier situación clínica. Rodrigo, el único cazador de la familia, en cambio, no solo toleraba la sangre: la estudiaba con curiosidad científica.

Terminó consiguiendo una beca que le permitió especializarse en cirugía plástica en el exterior.

Esa curiosidad visceral por explorar el interior del cuerpo humano, por comprender el funcionamiento de la vida, puede ser un estado de contemplación de lo divino, un llamado que lo acompaña desde la infancia. La cirugía, después de todo, es meterse en el taller de Dios.

Como escribió Milan Kundera, “la cirugía lleva el imperativo básico de la profesión médica hasta límites extremos, en los que lo humano entra en contacto con lo divino”.

Cómo llegó a los pájaros

La fotografía de aves, sin embargo, no llegó de la mano del abandono de la medicina, como muchos podrían suponer. Llegó mucho antes, en una época en que Medellín vivía encerrada por los problemas de orden público que marcaron a la ciudad. En medio de ese encierro urbano, un amigo lo invitó a ver pájaros.

Él, al principio, no le encontraba ningún sentido a salir a apreciar aves. Pero, por ocupar el aburrimiento, aceptó acompañarlo. Bastó ese primer recorrido para enamorarse del arte de observar.

Descubrir las aves a través de unos binoculares, distinguir sus colores, escuchar sus cantos y, de vez en cuando, presenciar sus rituales de apareamiento: todo eso lo cautivó de inmediato. Sin embargo, quiso detener esos instantes y empezó a fotografiarlos.

“La fotografía era la misma sensación de cacería que yo tenía cuando joven, pero en vez de disparar con escopeta, ya disparaba con el obturador de una cámara”, explica.

Lo que antes capturaba y aniquilaba con una bala, ahora lo capturaba y lo multiplicaba con una imagen.

De ese giro nació, hace más de treinta años, el fotógrafo de aves colombianas que hoy conoce buena parte del país. En aquella época, recuerda, apenas había cuatro o cinco fotógrafos de aves en toda Colombia.

Hoy, cuando sale con un grupo de diez observadores, ocho o nueve llevan una cámara. “Ya todo el mundo quiere captar las imágenes y las están compartiendo, y de ahí viene el boom que tenemos en Colombia por la observación de aves”.

De alguna manera, ese oficio terminó convirtiéndose para él en una forma de expiación, de reparar el daño que le hizo a la naturaleza en su juventud.

“Lo que yo hago ahora, al dar a conocer las aves y fomentar su protección, es, de alguna forma, sentir que estoy resarciendo ese daño”, apunta.

Una meditación alada

Hay estudios que muestran que salir a observar aves, escuchar sus cantos o fotografiarlas puede tener efectos positivos sobre la salud física y mental. Incluso, puede ayudar a personas que atraviesan cuadros de depresión.

Según explica Rodrigo, salir a observar aves no consiste únicamente en buscar aves, también es descubrir los árboles donde anidan, las mariposas que comparten el aire, los grillos y los insectos de los que se alimentan; el ruido, el viento, el verde, el cielo, la calma.

A Rodrigo le cuesta poner en palabras esa sensación, porque sabe que cada persona la vive de manera distinta. Sin embargo, hay un patrón que ha detectado una y otra vez: la mayoría de quienes salen a observar aves regresan a casa con una sensación de bienestar, como si hubieran recuperado algo que la vida cotidiana les había arrebatado.

Tres libros, más de treinta años

El primer libro de Rodrigo salió hace veinte años y tiene un origen casi casual. Él tiene una finca en la zona del Magdalena Medio, muy cerca del parque temático Hacienda Nápoles. Cuando el parque se creó, Rodrigo propuso montar un pabellón de fotografía de aves. La idea prosperó y las personas que ayudaron a construirlo le insistieron: “Rodrigo, usted con todas esas fotos que tiene, ¿por qué no hace un libro?”, cuenta que le decían.

Una tucaneta de la Amazonía, difícil de fotografiar. FOTO Instagram r_gaviria
Una tucaneta de la Amazonía, difícil de fotografiar. FOTO Instagram r_gaviria

Él dudó, pero le insistieron, le ayudaron, y el libro Las aves más hermosas de Colombi, Tomo I, se hizo. El éxito lo sorprendió: los primeros ejemplares se agotaron casi de inmediato, y tuvieron que hacer tres tirajes completos, todos vendidos. Ese primer libro abrió camino a un segundo, Aves silvestres de Colombia, con 300 páginas divididas en las cinco regiones del país y más de 400 especies retratadas.

Para el tercer libro, publicado hace apenas un año, se mantuvo el nombre de Las aves más hermosas de Colombia. Este se convirtió en el mejor libro del año en el país en la categoría de gran formato.

Tiene casi mil fotografías y cada ave viene acompañada de un código QR que direcciona a siete plataformas distintas, donde el lector puede escuchar el canto del pájaro, ver más fotografías, consultar mapas de distribución en el territorio nacional y estudiar su biología. “Cada pájaro tiene una enciclopedia anexa”, resume Rodrigo.

De los 3.000 ejemplares impresos en esta última edición, ya se han vendido más de 2.500 en apenas dos meses. “Es una locura porque ya me va a tocar hacer una nueva edición”, dice.

Los mensajeros de los dioses

Y si hay un protagonista recurrente en la obra de Rodrigo, son los colibríes. Pocas criaturas condensan tanta mitología, tanta ciencia y tanta belleza en un cuerpo tan pequeño.

“Estos son animales absolutamente maravillosos, no solamente por la mecánica del vuelo, su metabolismo y muchas cosas, sino porque esos colores iridiscentes a veces deslumbran en ciertos momentos cuando les da la luz correcta”, explica.

Cuando muestra sus fotografías en charlas, la reacción del público suele ser incrédula, pensando que esas aves no se ven en Colombia. Sin embargo, muchas veces esas aves diminutas están posadas en el propio patio de quien duda. “Usted por no saberlos observar se está perdiendo de un espectáculo de la naturaleza”.

El aleteo de un colibrí oscila entre 50 y 90 movimientos por segundo. Algunas especies producen un zumbido tan característico que se escucha antes de verlas, dice Rodrigo, “como un cucarrón”.

Fotografiar ese vuelo imposible fue, para él, un aprendizaje completamente distinto al de otras aves. Le tomó años de prueba y error, de lectura y de ensayo, hasta lograr congelar en una imagen los detalles de un ave que se mueve más rápido que un pestañeo.

La transición de la fotografía análoga a la digital, dice, le abrió un panorama enorme: hoy las cámaras permiten disparar a velocidades altísimas y capturar cada pluma de un colibrí en pleno vuelo.

Antioquia, en ese sentido, es un territorio privilegiado. Solo en el Oriente antioqueño hay aproximadamente 40 especies distintas de colibríes.

Entre las especies que más apasionan a Rodrigo está el Coeligena orina, un colibrí endémico de Colombia presente en Antioquia, al que llama, sin exagerar, “un animal espectacular”. Esta es una de las aves que se pueden ver en el Suroeste y que él, con paciencia, ha logrado fotografiar.

En el Oriente antioqueño, otro protagonista frecuente es el Ocreatus underwoodii, más conocido como colibrí de cola de raqueta, un pájaro que aunque no es endémico visita con regularidad los bebederos de la subregión y despierta siempre la emoción de quienes lo ven.

Que los colibríes hayan sido considerados divinidades o mensajeros por tantas culturas americanas no es casualidad. Su papel ecológico es, en efecto, casi sagrado: son de los principales polinizadores del continente.

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Cada agosto, Medellín se llena de flores para su feria más emblemática. Detrás de las hortensias, astromelias y clavellinas que los silleteros cargan en sus espaldas hay un trabajo invisible de polinización que las aves realizan durante todo el año.

Cada vez más gente en Antioquia quiere ver aves. Basta con mirar el crecimiento del grupo Pajareros de El Retiro, que Rodrigo lidera en el Oriente antioqueño: nació con un puñado de entusiastas y hoy está a punto de llegar a las 200 personas inscrita.

Esto confirma algo que él lleva repitiendo desde hace 30 años: observar aves no es un pasatiempo menor, es una forma de reconciliación con la naturaleza.

Rodrigo encontró en las aves un camino de vida inesperado. Fotografía tras fotografía, documenta aves como los colibríes, que cruzan zumbando el aire las montañas antioqueñas, llevando el mensaje de los dioses que Rodrigo recibió hace tres décadas.

Bloque de preguntas y respuestas:

¿Cuál es el nombre del tercer libro de Rodrigo?
El tercer libro se titula Las aves más hermosas de Colombia y fue publicado hace aproximadamente un año.
¿Cuántos ejemplares de la última edición se han vendido?
De los 3.000 ejemplares impresos, se habían vendido más de 2.500 en apenas dos meses, por lo que Rodrigo ya contempla una nueva edición.
¿Cuál es uno de los colibríes que más apasiona a Rodrigo?
El Coeligena orina, una especie endémica de Colombia que está presente en Antioquia y que el fotógrafo considera especialmente espectacular.

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