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Bien, gracias

hace 56 minutos
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Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

La primera emisión del noticiero para el que trabajé alguna vez como corresponsal era ridículamente temprano y yo tenía que llamar a avisar qué notas había dejado enviadas. La mayoría de las veces ni siquiera había amanecido y diferentes voces desconocidas y somnolientas pasaban mi llamada, de un lado al otro, hasta dar con la persona exacta que yo necesitaba. ¿Cómo estás? Bien, gracias ¿y tú?, pásame a tal. Pero un día las cosas fueron diferentes. ¿Cómo estás? «Mal, pero a quien le importa», me dijo una persona que yo no conocía al otro lado de la línea. Era la primera vez que alguien me cambiaba el libreto y no supe qué decir.

Lo anterior lo recordé hace poco leyendo una novela: la protagonista va sentada en el Metro al lado de un anciano que ha perdido a su hija y no para de llorar. Al rato ella le pregunta que cómo está y él contesta: «No estoy». Me dio envidia esa respuesta, recién había terminado el año y me habían preguntado cientos de veces que cómo estaba. «Bien, gracias, respondía», porque eso es lo que se responde. Pero yo no estaba bien, acababa de morir uno de mis hermanos. No demoré en percibir, en el resto de la familia, la misma dificultad para lidiar con una respuesta que sonara adecuada.

He aquí nuestro problema: perdíamos con ambas caras de la misma moneda. No teníamos forma de salir bien librados de un saludo convenido socialmente y, en apariencia, tan inocuo. Yo me sentía como una mentirosa si decía que estaba bien y me sentía expuesta si decía que estaba mal (mi interlocutor habría tenido que preguntar las razones y eso no es algo que todo el mundo quiera oír). Y decir «ahí vamos» siempre me ha parecido respuesta de abuelita abnegada que se regocija en su papel de víctima. Mi solución fue dejar de contestar llamadas, no aceptar invitaciones y huir a un lugar recóndito donde nadie pudiera encontrarme y no tuviera señal. Y aquí sigo escondida.

Una vez escuché un podcast en donde el invitado contó que estaba preparando todo para quitarse la vida esa noche cuando, de repente, sonó el timbre de su casa. Era su vecina que había horneado un pastel y quería compartirle una tajada. «¿Cómo estás?» Lo saludó ella. «Bien, gracias», respondió él, sabiendo que con la misma mano que recibió el pastel hacía tan solo unos minutos había anudado la soga a la viga del techo.

Siento que debería ofrecer soluciones al problema que he planteado pero, desafortunadamente, no las tengo. Tan sólo vine a alertar sobre un asunto de tantos que no me dejan dormir. A enfrentarlo de la única forma que sé: escribiendo sobre él.

El problema es mío, que le echo tanta cabeza a todo, pero también es de ustedes y del lenguaje y del libreto preestablecido y de los guiños culturales y de las convenciones sociales y de la vida misma, que lo que tiene de claro lo tiene de oscuro.

Seguiré contestando: «Bien, gracias» y seguramente ustedes también, la diferencia es que ahora sabemos que no siempre hay que creérselo.

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