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Petro: los recursos de la Nación no son del presidente

Al final, Petro creyó que castigaba a todo un territorio. No entendió que el país no se construye a partir de sanciones políticas, sino de responsabilidades institucionales.

28 de noviembre de 2025
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  • Petro: los recursos de la Nación no son del presidente

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

Las transferencias de la Nación hacia los departamentos no dependen del ánimo presidencial, porque su obligatoriedad proviene del diseño constitucional y no de la simpatía política. Colombia, sin embargo, ha debido enfrentar un episodio desconcertante: la extraña mutación de la ley cuando entra en contacto con el escritorio del presidente Petro. Mientras la norma ordena girar con rigor, el mandatario decidió que podía interpretarse con flexibilidad caprichosa, casi emocional, como si las obligaciones del Estado se administraran con el mismo criterio con el que gasta su salario. Antioquia no solo no recibió los recursos que la Nación debía aportar, sino que esa ausencia se justificó con una narrativa ideológica producto del clientelismo y la politiquería.

La región entendió que había sido convertida en el escenario donde el presidente ponía a prueba su convicción de que la discrepancia merece sanciones presupuestales. No importó que los proyectos tuvieran carácter estratégico, financiamiento previo o compromisos ya firmados; importó algo más simple y más pobre: Antioquia no comulgaba con su proyecto político. Y si no había comunión, tampoco habría giro. Así quedó consignado, paradójicamente, no en un documento oficial, sino en la lista de obras abandonadas por el Gobierno: la vía de acceso del Túnel del Toyo, los tramos inconclusos de la vía a Bolombolo, la modernización del aeropuerto José María Córdoba y, para rematar, el acueducto regional de Urabá.

La negligencia deliberada puede camuflarse detrás de silencios, pero tarde o temprano se revela en los resultados. El caso del Túnel del Toyo muestra el contraste más nítido entre la disciplina territorial y la displicencia central. Antioquia abrió montaña, perforó roca, mantuvo cronogramas y contrató con seriedad. En contraste, el Gobierno nacional se limitó a ejercer el más corrosivo de los aportes: la inacción. Aquello que debía haberse ejecutado con la misma voluntad con que se firman discursos sobre equidad terminó en el limbo, como si la Nación considerara legítimo declarar un territorio “en pausa” por desacuerdo político. A este panorama se sumó un episodio que rozó lo absurdo, el presidente Petro preguntó por el agua potable en Urabá. La respuesta del gobernador desmontó ese gesto en segundos. El acueducto avanza con estudios y diseños financiados totalmente por la Gobernación. El presidente buscaba evidenciar un descuido; terminó exhibiendo el suyo.

Al final, Petro creyó que castigaba a todo un territorio. No entendió que el país no se construye a partir de sanciones políticas, sino de responsabilidades institucionales. La región terminó haciendo lo que debía hacer el Gobierno; ejecutando lo que debía financiar la Nación; construyendo lo que el presidente convirtió en instrumento de revanchas.

Petro no debilitó a Antioquia, la fortaleció en su autonomía, la afiló en su carácter y la confirmó en algo que ya intuía: cuando el Estado central falla, la región responde con una disciplina que no necesita permisos. Creyó que la castigaba; en realidad, la entrenó para demostrarle por qué, incluso sin él, Antioquia avanza.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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