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El perdurable regalo del amor

El Niño Dios siempre nos ha llenado de regalos, a pesar de las dificultades, ausencias, enfermedades y todo aquello que puede ensombrecer el espíritu humano.

14 de diciembre de 2025
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  • El perdurable regalo del amor

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

En una madrugada de diciembre de 1973, mi madre nos llevó a la Estación del Ferrocarril. Con la destreza de quien ha enfrentado la adversidad, nos subió al Expreso del Sol que nos llevaría hacia la Costa. El traqueteo de las ruedas se convertiría en la banda sonora de una epifanía: un viaje no solo geográfico, sino hacia la comprensión de la verdadera riqueza humana.

El tren, que parecía resistirse a abandonar la ciudad, salió lentamente de la Alpujarra. Las casas humildes de techos de lata que bordeaban la carrilera parecían querer colarse por las ventanas junto con los primeros rayos del sol. Dentro de esas moradas precarias, una escena se repetía: niños riendo y jugando con muñecas rotas o carritos sin llantas. Su bullosa alegría era una película que pasaba ante mis ojos, una sinfonía de risas que contrastaba brutalmente con el paisaje de ranchos de madera. Parecían ajenos al monstruo de metal que amenazaba con entrar en sus vidas, imperturbables en su juego.

Sin embargo, mi mente infantil seguía anclada en esos pequeños. “¿Mamá, a ellos, tan pobres, el Niño Dios les trae regalos? Todos la miramos, y ella nos miró a nosotros. “Sí, a muchos sí... yo los vi, estaban abrazados a sus mamás, y eso es amor”. Con la lógica irrefutable de un niño, repliqué: “Pero el amor no es un regalo. ¿Cómo lo trae el Niño Dios, si Él solo trae juguetes?”. Ella nos abrazó y besó, y en ese instante de afecto puro, lo entendí para siempre.

Aquel tren terminó su viaje. Ese instante ya no existe, al igual que mis queridos padres Elisa y Manuel, y mi hermano Juan. Esos abrazos y besos trascienden el tiempo y la ausencia, dándome el mejor aguinaldo de cada año. La lección de mi madre resuena con fuerza: “Porque el amor nunca sobra, y si sobra, que repartan”.

El Niño Dios siempre nos ha llenado de regalos, a pesar de las dificultades, ausencias, enfermedades y todo aquello que puede ensombrecer el espíritu humano. La verdadera magia de la Navidad no reside en el papel de regalo, sino en la conexión humana, en la capacidad de dar y recibir afecto sin condiciones.

Destapemos ese aguinaldo de amor inagotable. Acerquémonos a los presentes, busquemos a los ausentes en el recuerdo. Porque, como aprendí de niño, las manifestaciones de cariño no son aguinaldos envueltos. El amor se entrega así, con la misma alegría radiante e inagotable de esos niños que vi pasar desde la ventana.

De ahí en adelante, entendí que los mejores regalos de mis padres eran un acto de creación, paciencia y entrega. Es la luz que ponemos en las vidas de los demás. El amor es el único regalo que, cuanto más se da, más crece. Y la estrella de mi madre brillará eternamente en nuestros corazones, recordándonos a todos que siempre nos iluminará el camino, no como un gesto excepcional, sino como una forma permanente de habitar el mundo.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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