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Antioquia y Medellín al otro lado del derrumbe

13 de mayo de 2025
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  • Antioquia y Medellín al otro lado del derrumbe

Por Mauricio Restrepo - opinion@elcolombiano.com.co

Llevamos semanas escuchando llover, como si el cielo tuviera una deuda vieja con esta tierra. Al principio uno cree que es una temporada más, un aguacero molesto. Pero después del tercer día sin tregua, con las noticias de deslizamientos, evacuaciones y quebradas desbordadas, comenzamos a entender que esto ya no es solo clima: es síntoma, advertencia, es la factura de todo lo que no hicimos a tiempo.

En Medellín, entre el 1 de abril y el 5 de mayo de este año, se registraron 1.048 emergencias por lluvias, según el DAGRD. Más de 20 barrios han debido ser evacuados parcialmente y, al menos, quince personas han muerto en Antioquia por causas asociadas al invierno. En Itagüí, la quebrada Doña María se salió violentamente de su cauce a finales de abril, dejando un saldo trágico de cuatro muertos, entre ellos una niña. Las imágenes del lodo arrastrando motos, muebles, vidas, hablan más que cualquier rueda de prensa.

Y no es solo Medellín. En Salgar, el río San Juan desbordado recuerda las peores tragedias del pasado. En San Roque, más de 60 familias quedaron sin casa. En Heliconia, la carretera entre Armenia (Mantequilla) colapsó por un deslizamiento. Hoy, 87 municipios de Antioquia están en alerta roja o naranja. Y las lluvias siguen.

No se exagera cuando se dice que se está viviendo un escenario diluviano. Pero no en el sentido mítico, sino en el más terrenal y cruel: un territorio cuya fragilidad se hace explícita cuando la montaña cede y las aguas, contenidas durante años, reclaman su espacio. Lo preocupante no es solo la intensidad de las lluvias. Es lo que arrastran consigo: décadas de negligencia urbanística, invasiones toleradas, quebradas enterradas bajo asfalto, deforestación para alimentar canteras, residuos sólidos lanzados a los afluentes.

Los barrios construidos en laderas inestables y en retiros de quebradas no son una novedad. Se sabe. Se ve cada vez que se pasa por sectores como Altavista, San Antonio de Prado o la zona alta de Robledo. Y, sin embargo, se sigue habitando el borde como si el riesgo fuera una ficción. Vivimos sobre la incertidumbre, y lo peor: aprendimos a normalizarla.

La calidad del aire en Medellín ha sido tema de debate, y se han impulsado políticas (algunas efectivas, otras cosméticas) para enfrentarla. Pero el manejo ambiental integral sigue siendo una deuda más profunda. Las cuencas hídricas no solo deben cuidarse para evitar desbordamientos, sino porque son la columna vertebral del equilibrio ecológico. Necesitamos reforestación urgente, control sobre las canteras que devoran nuestras montañas, frenar la urbanización informal y reubicar con dignidad a quienes hoy viven sobre grietas invisibles.

Hay que hablar claro: ni los sensores de monitoreo, ni los decretos de emergencia, ni las fotos aéreas después del desastre, van a detener una tragedia si no hay voluntad de transformación. Y esa voluntad no puede depender de la lluvia. Tiene que anticiparla.

La prevención no puede ser un lema vacío. No puede seguir siendo una nota de cierre en los noticieros. La prevención tiene que doler presupuestariamente. Tiene que significar decisiones difíciles: cerrar zonas, desplazar personas, frenar negocios turbios con el suelo.

Los antioqueños requerimos de un mayor compromiso por parte del gobierno nacional para atender con urgencia la tragedia que ya vive Medellín y toda la región. El dolor y el desastre de miles de familias agobiadas por el invierno, no entienden posturas políticas e irracionales por parte de un gobierno que ha sido indiferente con el desarrollo social, económico y ambiental del departamento. Porque si no, seguiremos al otro lado del derrumbe. Y cada temporada de lluvias será un capítulo repetido en esta crónica de lo evitable.

Hoy, más que nunca, necesitamos que las autoridades —nacionales, departamentales, municipales— trabajen en conjunto. Que miren este mapa con ojos nuevos y entiendan que no estamos hablando de una “temporada fuerte”, sino de una crisis estructural que exige respuestas urgentes, técnicas y, sobre todo, humanas.

El desprendimiento inesperado de las laderas y las aguas desbordadas no avisan ni dan tiempo de cerrar vías o evacuar viviendas en zonas de alto riesgo. Una cosa es cierta y la historia lo ha demostrado. Los ríos y quebradas que atraviesa nuestra geografía son impredecibles- Ante esta situación vale más la prevención y el buen manejo ambiental.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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