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Echar los libros

Para mantener vivo el ritual de la bibliomancia al inicio de año, busco respuestas más allá de las declaraciones de los personajes públicos, de los gobernantes de turno, ambiciosos, que desconocen el bien común.

09 de enero de 2026
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  • Echar los libros

Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com

Este año no inició con calma, evidentemente. Los eneros, que en algún momento fueron apacibles, ya no lo son, y dudo que vuelvan a serlo, ¿cómo entendernos en medio de todo? Yo seguiré creyendo que en las conversaciones con quienes estén dispuestos a cambiar de opinión y en los libros, naturalmente, en el azar que deparan esos amigos que acompañan. Así que para mantener vivo el ritual de la bibliomancia al inicio de año, pase lo que pase, busco respuestas más allá de las declaraciones de los personajes públicos, de los gobernantes de turno, ambiciosos, con intereses ocultos que desconocen el bien común. Prendo una vela, cierro los ojos y empiezo el cuestionario.

¿Qué haremos ante este mundo convulsionado, en quién creer? La mano va despacio sobre el anaquel más alto de la sala. Abro el libro, las palabras están dadas: “La idea de que nada es del todo verdad viene de muy antiguo. En los años setenta y ochenta del siglo pasado, un pequeño grupo de intelectuales universitarios de extrema izquierda, encabezados por el sociólogo radical francés Michael Foucault, empezó a defender que el conocimiento era una construcción de las élites, una ficción, como cualquier otra, creada por los poderosos para ejercer su poder. ‘El saber, reza la célebre ocurrencia de Foucault, no ha sido hecho para comprender, sino para hacer tajos’. En esta concepción postestructuralista, la realidad es una elaborada ficción, una construcción arbitraria, ensamblada por los poderosos para justificar y perpetuar su dominio sobre los demás”. ¿Nos dice algo esto que escribió Moisés Naím en su libro ‘La revancha de los poderosos’? Mucho. Ojalá al releer esta frase dejemos de ser tan ingenuos, tan categóricos, ¿qué hacer para que no nos manipulen los poderosos? ¿Cómo quitarles ese poder?

Sigo adelante con la vela encendida y agitada, como si fuera el cuidador de una biblioteca medieval, y pregunto: ¿En qué debería ser más apasionado? Nabokov responde: “Mis aversiones son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música dulzona. Mis placeres, los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas”. Mi alma encuentra algo de sosiego, y como quiero otra respuesta sobre lo mismo, doy un giro, y agarro un libro que tengo a mi espalda, “El inmenso mar”, de Langston Hughes. La frase es contundente, motivadora, un nuevo camino se me abre, quién quita: “¡No permitas que nadie te diga que no sabes cantar!” Es una frase que le dicen nada más y nada menos que a la gran Bessie Smith. ¿Llegó mi hora?

Busco un último consejo, el que los libros me quieran dar, Michel de Montaigne, que estaba escondido en un rincón, me recuerda que, “en lo que dependa de nosotros, hay que tener siempre las botas calzadas y estar dispuesto a partir...” Apago la vela, los libros han hablado para empezar el año.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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